10/19/2007

Bromley le Bow


Murakami

Con la llegada del punto y final dejaron de escurrírseme los ojos sobre el papel y, detenidos en suspenso sobre la tinta que configuraba a las últimas palabras, acabaron por emborronárseme por dentro. Como despertando de un sueño, cerré el libro y respiré aliviado. “Así, me dije, la maldición termina”. Todo se me había puesto en contra desde que perdiera el último libro de Murakami, que Polly Dorner me había regalado hacía apenas un mes. ¿Qué hace falta para que los engranajes de la realidad la pongan a rodar hacia lo peor?. ¿Qué es necesario en última instancia? Eso es algo que se nos escapa, algo de lo que probablemente no podemos tener noción. Pero sea lo que sea lo que es seguro es que, en este preciso momento y lugar que me ha tocado vivir, la perdida de ese libro fue la encarnación de dicho principio ominoso.Fue justo al disponerme a abandonar el trabajo cuando reparé en su desaparición. Al llegar el fin de semana me dirigí a la biblioteca de Streatham, en cuya página de internet se anunciaba la disponibilidad de una copia del mismo con el fin, si ya no de disculpar el inexcusable descuido que podría dar a entender erróneamente a ojos de Polly una cierta indiferencia hacia su amable regalo, por lo menos de dejar descansar a los personajes que se habían quedado perdidos en una nebulosa incierta esperando a que alguien, o más concretamente esperando a que yo, resolviera de una vez por todas las intrigas a las que habían sido llevados ya hacia la mitad del libro, que es hasta donde había llegado a leer (cuando todavía era feliz y ajeno a fatalidad ninguna) aquella aciaga mañana en el autobús. El libro, por supuesto, no estaba en las estanterías de la biblioteca, y mientras ojeaba distraído unos tebeos un gitanillo me robó el teléfono. A los pocos días mi casera me anunció que el fin del mundo estaba cerca y que más me valía disponerme abrazar la fe verdadera (es decir la suya) antes de que llegaran dos ángeles con trompetas doradas y desencadenaran siete plagas más mortíferas que las de Egipto, porque entonces ya sería demasiado tarde y sólo me cabría esperar la muerte eterna. Esa misma semana evitaron concederme en el trabajo un ascenso que parecía cantado y perdí todo mi dinero en las carreras de caballos.

3/28/2007

Vacaciones en Laponia


3/20/2007

Chien-Chi Chang


2/26/2007

Totem y Tabú


Historias del metro

De repente me dí cuenta de que mis brazos habían desaparecido. No es que el hecho en sí me resultara insoportable.Además estaba cómodamente sentado en mi asiento, con lo cual no corría el peligro de caerme debido a los zarandeos del vagón. Es sólo que soy una persona muy vergonzosa y la sola idea de toda aquella gente, que de momento me ignoraba, fijando sus ojos en mí, hacía que me subieran los colores. Por un momento pensé que lo más sensato sería volver a casa y llamar al trabajo alegando una gripe, pero un repentino optimismo me hizo creer que mi cuerpo revertiría a su estado original antes de llegar a la oficina.

12/20/2006

16 de Julio de 2000

¿Noche estrellada? Noche al fin y al cabo. Noche a través de cuya densa oscuridad se va abriendo paso el coche con dificultad, como a través de una pesada masa gelatinosa.
Todo está tranquilo. Sólo aquella porción iluminada por los potentes faros cobra realidad por un instante para desaparecer al siguiente. Mi reflejo en la ventanilla es lo único constante. Eso y mi pensamiento, que incansable persigue a mi amada, sobrevolando los campos de arroz para descubrirla en esta o aquella ciudad, demasiado impaciente como para resignarse a atarse al achacoso ritmo del viejo automóvil.
De repente creo hallarla al tomar una curva, veo su rostro surgir de entre unos matorrales, pero comprendo enseguida que no es más que la proyección incontrolada de mi anhelo enfermizo.
Conduzco y conduzco contra la noche, ignorante de mi destino, sin saber cuál será el lugar en el que encuentre finalmente reposo. Todo está tan oscuro... y yo sin saber dónde está Ella, ni cómo es Ella, ni quién es Ella... y la noche se cierra cada vez más amenazadora sobre mí.
No. La noche ya no es estrellada.
El sucio humo de las fábricas, de los rugientes tubos de escape, de los cigarrillos que se abrasan entre labios ardientes, han acabado, mordisquito a mordisquito primero, a amargas dentelladas después, por devorar cualquier signo de esperanza celeste.
Soy incapaz ya de ver el asfalto ante mí. Sé que dentro de un momento me saldré de la calzada y terminaré con el cuello partido, agonizando dentro del coche entre las pútridas aguas de alguna acequia maloliente. No me importa. Piso el acelerador con la idea de acabar cuanto antes con esta incómoda situación. Noto sin embargo cómo la noche no sólo me impide acelerar sino que además avanza inexorable hacia mí, filtrándoseme a través de los poros de la piel, los orificios nasales, los oídos, y supongo que moriré aplastado por la oscuridad antes de chocar contra nada.

Siento ya cómo constriñe mi esqueleto contra mis vísceras y en mi espíritu no hay angustia ni pavor, todo lo más un cierto fastidio por tener que morir... sin haber contemplado el dulce rostro de mi amada.

10/17/2006

Fin de una era

Anoche habló el Papa y me quedé estupefacto. Ya no volverá a hablar más.Al verlo salir titubeante al balcón, frente a las masas entregadas de San Pedro, me dio la impresión de que no habia dormido demasiado y había bebido más de la cuenta. Su pesada respiración transpiraba a través del micrófono, y ella sola se bastó para mandar callar a la multitud. “Yo… yo solo quería pedir perdón… perdón por estos veinte siglos”, dijo entre silencios con la mirada extraviada. “A partir de ahora… no tendréis más remedio que ser libres”. Un revólver apareció entre sus manos, era un día soleado, el eco lejano de un disparo resonó en todo el mundo.

10/11/2006

Desavenencias

Ya apenas dolía. Llegaba casi siempre tarde, sí, pero nunca se atrevía a preguntarle de dónde. No por no averiguar algo que quisiera ocultarse a sí mismo sino por delicadeza, por no alterar bruscamente el equilibrio tan fino en el que sus vidas se sustentaban. Quién sabe con quién andaría ahora. Antes habían sido felices. No hace tanto. Cómo trazar con una pedazo de tiza la línea exacta que señale el punto de inflexión de las cosas: todo resbalaba hacia lo peor poco a poco, sin prisas. Un día, tal vez, empezó a encontrar sus chistes menos graciosos de lo habitual, otro se dio cuenta que era menos inteligente de lo que siempre había pensado, otro lo descubrió más calvo. Siempre quisieron ser una pareja moderna y acordaron tácitamente que salir por separado de vez en cuando con sus respectivos amigos no sería un problema. Qué amigos, se preguntaba él, que había ido adquiriendo a la fuerza el hábito de hablar con los objetos que poblaban su casa. Antes leía, pero leer es malo porque a veces hace pensar, así que acabó por esperarla siempre frente al televisor, si era posible sumergido en algún programa concurso de alta tensión: eso lograba mantenerlo en un estado de bienaventuranza cercano a la idiotez, o sea, a la inocencia, a salvo temporalmente del martirio de las dudas.

10/10/2006

Arqueología

Bajo la primera capa de barro que quitaron, apareció una imagen sorprendente. Era, situada casi al principio, la segura señal de que aquello que les esperaba al otro lado del muro llegaría a superar todas sus expectativas. Prosiguieron el trabajo con un ímpetu demoníaco, cuando poco antes las dudas habían empezado a asfixiarlos y sus herramientas se volvían amargamente pesadas y torpes. Ignoraron cada una de las siguientes imágenes que, cada vez más hermosas, fueron apareciendo tras las sucesivas capas de barro. Los ojos les ardían con un “más allá” que no llegaba. Al echar abajo el último panel encontraron frente a ellos un precipicio. Atrás sólo quedaban escombros.

10/04/2006

Repeticiones

Tuvo miedo porque al fin comprendió que la próxima vez habría de matar a alguien. No necesitaba preparlo, meditarlo, desearlo, y ni tan siquiera sabía el cuándo, ni el cómo, ni el a quién. Sólo sabía que iba a suceder y que en el momento del homicidio tendría la sensación de que ocurría en la distancia, en otra ciudad tal vez, en otro tiempo, con personas absolutamente ajenas a ella como protagonistas. Tal vez sólo sería el primero o puede que fuera el último, pero desde luego, ése, al menos, sería necesario y fatal. ¿De qué otra manera podía acallar esa extraña música en su cabeza? No había problema si se trataba de espacios abiertos, como casi siempre con el hombre de la armónica. Era intuir su joroba entre la multitud, apoyada contra una pared por ejemplo, y nada más fácil que dar media vuelta o cambiar de acera cuando apenas habían sonado las primeras notas (en su cabeza, se entiende, no en la armónica rota del hombre de la armónica, ya muy mayor y desvencijado, sin fuerzas para soplar en ella apenas, siempre pegada a sus labios sin convicción alguna, por puro efectismo más bien, emitiendo una música invisible). Sí, nada más fácil. La mujer que mira fijamente al exterior a través de los ventanales de las cafeterías también era altamente evitable y benigna, aunque tenía como todos algo de diabólico. Pero cuándo aparecía, por ejemplo, el hombre que cuenta, la cosa se complicaba: la cosa se ponía insoportable. El hombre que cuenta tenía la maldita costumbre de aparecerse en lugares cerrados, como el metro, el cine, los ascensores..., o más comúnmente, como hacía un momento, el autobús: era el único asiento libre del abarrotado autobús, en el piso de arriba, al fondo, en la fila de la derecha, junto a la ventana. La voluminosa mujer de color apartó las bolsas de la compra de mala gana y le hizo paso para que pudiera deslizarse hasta él. Un niño lloraba, un grupo de adolescentes reía a carcajadas, el runrún del motor no cesaba, pero de por entre el estruendo un apenas perceptible “tic, tic, tic, tic...” empezó a abrirse paso y la música bestial comenzó de nuevo en sus entrañas: “Oh Lord!, Oh Lord!, Lord Jesus!, Lord Jesus!”, oyó rugir en su interior, y al fondo ya no se oía al niño, ni a los jóvenes, ni siquiera el motor, tan sólo el maldito “tic, tic, tic, tic...”, que servía de acicate a la voz que se desgarraba e inflamaba “... don´t let them drop it...! Stop it! BEBOP IT!” Y ahí estaba él de nuevo, en el asiento de delante, impecablemente vestido, con su aparatito metálico de contar, comprado de segunda mano tal vez a algún portero de discoteca, mirando distraídamente a través del cristal, contando... quién sabe qué: ¿los árboles?, ¿las nubes?, ¿las palabras pronunciadas por los pasajeros?, ¿los latidos de su corazón?… “…don´t let them drop that atomic bomb on me…, DON´T LET THEM, DON´T LET THEM..... DON´T, ....DON´T”, y la asfixia comenzó, y el vértigo, las ganas de vomitar, los alfileres, la necesidad de aplastarse la cabeza contra la pared para conseguir un poco de paz, un alivio seguro.
Es por eso que ahora tenía el cuerpo empapado en sudor y jadeaba apoyada contra una farola mientras el autobús se arrastraba lentamente hacia el otro lado del río. Esta vez había podido escapar de puro milagro. Pero cada vez que uno de ellos aparecía la música sonaba un poquito más fuerte, más agresiva, y comprendió resignada que la próxima vez no tendría tanta suerte, que no podría soportar pasar por lo mismo de nuevo, que haría lo que hiciera falta para que todo acabara.
Ya en el pub con un vaso de whisky entre las manos empezó a hacerse las mismas preguntas de siempre: ¿Qué significado tenía todo aquello? ¿De dónde provenía esa música, qué demonios hacía en ella?, ¿Por qué se tropezaba con esos individuos por todas partes...?, y la principal: ¿Por qué le tenía que doler tanto? Después del segundo whisky llegó a la conclusión de que el misterio debía ser en realidad incluso mayor de lo que parecía, que cada día de su vida debía de encontrar probablemente a las mismas personas una y otra vez (que probablemente no había más que esas), pero que sólo había reparado en las que resultaban más peculiares. Después del quinto la echaron por alborotar.
Al abalanzarse sobre la noche abierta gritó aún con más fuerza su canción, a modo de inútil venganza contra aquellos que un momento antes la habían mandado callar. Todavía la andaba tarareando cuando al tercer intento consiguió encajar la llave en la ranura de su puerta y la hizo girar. A recibirla salió un eco familiar proveniente del equipo de música y la luz distante de la salita de estar. “Oh, Lord!! Oh, Lord!! Don´t let them drop it!!” No reparó en la extrañeza de todo ello porque no estaba en condiciones para hacerlo, y es por eso que el primer golpe la cogió desprevenida. Cuando levantó la vista del suelo pudo reconocer en el rostro de su agresora su propio rostro: tenía la expresión del animal acorralado que se entrega desesperado al último combate y un hilillo de sangre que se deslizaba por orificios nasales y oídos. Llevaba el cuerpo desnudo, la piel y el pelo mojados: una toalla yacía a sus pies. Pensó que (aunque estuviera mal que fuera ella la que lo pensara) se veía en verdad bonita. Tras el siguiente golpe ya no creyó necesario tener que levantarse ni abrir los ojos. Esperó paciente a que todo hubiera acabado con una sonrisa en los labios, no podía dejar de recordar en esos instantes un chiste muy tonto que alguien le había contado por la mañana en el trabajo.

9/05/2006

In Memoriam

“Peregrine Punnett is dead”, y nadie le echará de menos, nadie excepto yo, pienso mientras cuelgo el teléfono tras haber pronunciado la frase por última vez. A pesar de haber sido un cliente habitual de esa librería del Soho durante más de veinte años la voz del joven que confirmaba la consecuente cancelación de la última novela francesa que había encargado por correo tuvo que esforzarse por parecer consternada: probablemente era la primera vez que oía hablar de él, y sólo para saber que ya no volvería a oír hablar más. Aunque sólo fuera por el simple hecho de haber sido el único hombre que me ha propuesto matrimonio en mi vida yo no podré olvidarlo. De haber sido otra las circunstancias (no haber sido yo su cuidadora en el asilo, no haber habido más de cuarenta años entre los dos...) tal vez habría dicho que sí con tal de ver la cara que se le quedaba.
Llegó hace cinco veranos, y ahora que se ha ido algo se ha roto. Creí que ya me había acostumbrado al continuo desaparecer de nombres de la lista de los medicamentos, a sus sustitución por unos nuevos, a los cuartos que se vacían y se llenan... Pensé que era una profesional pero me equivoqué: sólo soy un ser humano. Peregrine Punnett se ha ido y al hacerlo ha dejado constancia de ello, por lo que casi siento la tentación de odiarlo ... Y al encaminarme a la parada de autobús pretendo creer que todo está bien, pero una vez dentro me dejo caer a plomo sobre el asiento y, apoyando la cabeza contra la ventana, dejo escapar una (otra) lágrimita: esta noche me vendría bien un trago, o un cuerpo, o ambos. Cierro los ojos pero el sueño no llega, y más allá de mis párpados imagino el familiar paisaje que cada día me acompaña en mi viaje de regreso a Balham, de modo que lo veo sin llegar a verlo y de esa forma me distraigo de mí misma el tiempo suficiente para llegar a pensar que no soy real, que soy tal vez un ser imaginado por esa chinita del impermeable rojo (porque hoy llueve y a través de mis párpados es inevitable no verla con él) que imperturbable espera cada día frente a la puerta del colegio comiendo cerezas y nunca parece reparar en mí. Y es tan dulce la inexistencia..., tan deliciosamente cálida la no-vida en el seno de sus precoces ensoñaciones de niña que cambia de piel por dentro..., que siento un pavor repentino ante la idea de abrir los ojos y descubrir que yo no soy más que yo y Peregrine Punnett está realmente muerto.
Pero los ojos se abren, y Balham llega. Y una casa vacía, más vacía que de costumbre, llega. Y también un deseo de evitarla a toda costa de momento, porque aún no se está preparada para ella, y un encontrar absolutamente imperativas algunas compras de última hora en el supermercado de la esquina sin las cuales apenas sería concebible la supervivencia mucho más tiempo, casi ni minutos, como por ejemplo bolsas de basura o lavavajillas. Y al final, al final... lo inevitable: la llave que gira, la puerta que se abre, la luz que se enciende... Las bolsas de plástico se desploman contra el suelo y una mano, la derecha, se desliza dentro del bolsillo del abrigo: acaricia su valioso contenido, lo sopesa antes de extraer parte de él mientras que prácticamente una sonrisa se dibuja en los labios. Yo también tuve una vez un impermeable rojo y, cuando todavía no era del todo erróneo decirme niña, la manía que tantos disgustos le costó a mamá de coger lo que no era mío. Tanto los médicos como yo la creímos superada, pero estas cerezas que de alguna manera han acabado en mis bolsillos parecen demostrar que estabamos equivocados. Esta noche no puedo ser una mujer adulta por más tiempo: sentada en mi sillón bajo la luz de la lamparita iré dando cuenta de ellas lentamente. Y jugaré, por ejemplo, a que es el miedo a las arañas, grandes como puños, voraces como tigres, silenciosas como sombras, lo que me mantiene despierta: que no soporto la idea (a la que ya estoy más que acostumbrada) de imaginarlas trepando por mi cuerpo en la oscuridad provenientes de alguno de los innumerables agujeros y huecos que pueblan mi imperfecta casa. Y cuando finalmente caiga rendida y vaya despertando poco a poco mientras la indigestión se va abriendo paso, y sienta de nuevo ese dolor en mi estomago, así, como una crispación de uñas largas que acaricia las entrañas, entonces empezaré a estar salvada. Cuando todo acabe ya no tendré edad ninguna, ni deseos ni añoranzas. Entonces haré las maletas y me iré.