
10/19/2007
Murakami
3/28/2007
3/20/2007
2/26/2007
Historias del metro
12/20/2006
16 de Julio de 2000
Todo está tranquilo. Sólo aquella porción iluminada por los potentes faros cobra realidad por un instante para desaparecer al siguiente. Mi reflejo en la ventanilla es lo único constante. Eso y mi pensamiento, que incansable persigue a mi amada, sobrevolando los campos de arroz para descubrirla en esta o aquella ciudad, demasiado impaciente como para resignarse a atarse al achacoso ritmo del viejo automóvil.
De repente creo hallarla al tomar una curva, veo su rostro surgir de entre unos matorrales, pero comprendo enseguida que no es más que la proyección incontrolada de mi anhelo enfermizo.
Conduzco y conduzco contra la noche, ignorante de mi destino, sin saber cuál será el lugar en el que encuentre finalmente reposo. Todo está tan oscuro... y yo sin saber dónde está Ella, ni cómo es Ella, ni quién es Ella... y la noche se cierra cada vez más amenazadora sobre mí.
El sucio humo de las fábricas, de los rugientes tubos de escape, de los cigarrillos que se abrasan entre labios ardientes, han acabado, mordisquito a mordisquito primero, a amargas dentelladas después, por devorar cualquier signo de esperanza celeste.
Soy incapaz ya de ver el asfalto ante mí. Sé que dentro de un momento me saldré de la calzada y terminaré con el cuello partido, agonizando dentro del coche entre las pútridas aguas de alguna acequia maloliente. No me importa. Piso el acelerador con la idea de acabar cuanto antes con esta incómoda situación. Noto sin embargo cómo la noche no sólo me impide acelerar sino que además avanza inexorable hacia mí, filtrándoseme a través de los poros de la piel, los orificios nasales, los oídos, y supongo que moriré aplastado por la oscuridad antes de chocar contra nada.
Siento ya cómo constriñe mi esqueleto contra mis vísceras y en mi espíritu no hay angustia ni pavor, todo lo más un cierto fastidio por tener que morir... sin haber contemplado el dulce rostro de mi amada.
10/17/2006
Fin de una era
10/11/2006
Desavenencias
10/10/2006
Arqueología
10/04/2006
Repeticiones
Es por eso que ahora tenía el cuerpo empapado en sudor y jadeaba apoyada contra una farola mientras el autobús se arrastraba lentamente hacia el otro lado del río. Esta vez había podido escapar de puro milagro. Pero cada vez que uno de ellos aparecía la música sonaba un poquito más fuerte, más agresiva, y comprendió resignada que la próxima vez no tendría tanta suerte, que no podría soportar pasar por lo mismo de nuevo, que haría lo que hiciera falta para que todo acabara.
Ya en el pub con un vaso de whisky entre las manos empezó a hacerse las mismas preguntas de siempre: ¿Qué significado tenía todo aquello? ¿De dónde provenía esa música, qué demonios hacía en ella?, ¿Por qué se tropezaba con esos individuos por todas partes...?, y la principal: ¿Por qué le tenía que doler tanto? Después del segundo whisky llegó a la conclusión de que el misterio debía ser en realidad incluso mayor de lo que parecía, que cada día de su vida debía de encontrar probablemente a las mismas personas una y otra vez (que probablemente no había más que esas), pero que sólo había reparado en las que resultaban más peculiares. Después del quinto la echaron por alborotar.
Al abalanzarse sobre la noche abierta gritó aún con más fuerza su canción, a modo de inútil venganza contra aquellos que un momento antes la habían mandado callar. Todavía la andaba tarareando cuando al tercer intento consiguió encajar la llave en la ranura de su puerta y la hizo girar. A recibirla salió un eco familiar proveniente del equipo de música y la luz distante de la salita de estar. “Oh, Lord!! Oh, Lord!! Don´t let them drop it!!” No reparó en la extrañeza de todo ello porque no estaba en condiciones para hacerlo, y es por eso que el primer golpe la cogió desprevenida. Cuando levantó la vista del suelo pudo reconocer en el rostro de su agresora su propio rostro: tenía la expresión del animal acorralado que se entrega desesperado al último combate y un hilillo de sangre que se deslizaba por orificios nasales y oídos. Llevaba el cuerpo desnudo, la piel y el pelo mojados: una toalla yacía a sus pies. Pensó que (aunque estuviera mal que fuera ella la que lo pensara) se veía en verdad bonita. Tras el siguiente golpe ya no creyó necesario tener que levantarse ni abrir los ojos. Esperó paciente a que todo hubiera acabado con una sonrisa en los labios, no podía dejar de recordar en esos instantes un chiste muy tonto que alguien le había contado por la mañana en el trabajo.
9/05/2006
In Memoriam
“Peregrine Punnett is dead”, y nadie le echará de menos, nadie excepto yo, pienso mientras cuelgo el teléfono tras haber pronunciado la frase por última vez. A pesar de haber sido un cliente habitual de esa librería del Soho durante más de veinte años la voz del joven que confirmaba la consecuente cancelación de la última novela francesa que había encargado por correo tuvo que esforzarse por parecer consternada: probablemente era la primera vez que oía hablar de él, y sólo para saber que ya no volvería a oír hablar más. Aunque sólo fuera por el simple hecho de haber sido el único hombre que me ha propuesto matrimonio en mi vida yo no podré olvidarlo. De haber sido otra las circunstancias (no haber sido yo su cuidadora en el asilo, no haber habido más de cuarenta años entre los dos...) tal vez habría dicho que sí con tal de ver la cara que se le quedaba.
Llegó hace cinco veranos, y ahora que se ha ido algo se ha roto. Creí que ya me había acostumbrado al continuo desaparecer de nombres de la lista de los medicamentos, a sus sustitución por unos nuevos, a los cuartos que se vacían y se llenan... Pensé que era una profesional pero me equivoqué: sólo soy un ser humano. Peregrine Punnett se ha ido y al hacerlo ha dejado constancia de ello, por lo que casi siento la tentación de odiarlo ... Y al encaminarme a la parada de autobús pretendo creer que todo está bien, pero una vez dentro me dejo caer a plomo sobre el asiento y, apoyando la cabeza contra la ventana, dejo escapar una (otra) lágrimita: esta noche me vendría bien un trago, o un cuerpo, o ambos. Cierro los ojos pero el sueño no llega, y más allá de mis párpados imagino el familiar paisaje que cada día me acompaña en mi viaje de regreso a Balham, de modo que lo veo sin llegar a verlo y de esa forma me distraigo de mí misma el tiempo suficiente para llegar a pensar que no soy real, que soy tal vez un ser imaginado por esa chinita del impermeable rojo (porque hoy llueve y a través de mis párpados es inevitable no verla con él) que imperturbable espera cada día frente a la puerta del colegio comiendo cerezas y nunca parece reparar en mí. Y es tan dulce la inexistencia..., tan deliciosamente cálida la no-vida en el seno de sus precoces ensoñaciones de niña que cambia de piel por dentro..., que siento un pavor repentino ante la idea de abrir los ojos y descubrir que yo no soy más que yo y Peregrine Punnett está realmente muerto.
Pero los ojos se abren, y Balham llega. Y una casa vacía, más vacía que de costumbre, llega. Y también un deseo de evitarla a toda costa de momento, porque aún no se está preparada para ella, y un encontrar absolutamente imperativas algunas compras de última hora en el supermercado de la esquina sin las cuales apenas sería concebible la supervivencia mucho más tiempo, casi ni minutos, como por ejemplo bolsas de basura o lavavajillas. Y al final, al final... lo inevitable: la llave que gira, la puerta que se abre, la luz que se enciende... Las bolsas de plástico se desploman contra el suelo y una mano, la derecha, se desliza dentro del bolsillo del abrigo: acaricia su valioso contenido, lo sopesa antes de extraer parte de él mientras que prácticamente una sonrisa se dibuja en los labios. Yo también tuve una vez un impermeable rojo y, cuando todavía no era del todo erróneo decirme niña, la manía que tantos disgustos le costó a mamá de coger lo que no era mío. Tanto los médicos como yo la creímos superada, pero estas cerezas que de alguna manera han acabado en mis bolsillos parecen demostrar que estabamos equivocados. Esta noche no puedo ser una mujer adulta por más tiempo: sentada en mi sillón bajo la luz de la lamparita iré dando cuenta de ellas lentamente. Y jugaré, por ejemplo, a que es el miedo a las arañas, grandes como puños, voraces como tigres, silenciosas como sombras, lo que me mantiene despierta: que no soporto la idea (a la que ya estoy más que acostumbrada) de imaginarlas trepando por mi cuerpo en la oscuridad provenientes de alguno de los innumerables agujeros y huecos que pueblan mi imperfecta casa. Y cuando finalmente caiga rendida y vaya despertando poco a poco mientras la indigestión se va abriendo paso, y sienta de nuevo ese dolor en mi estomago, así, como una crispación de uñas largas que acaricia las entrañas, entonces empezaré a estar salvada. Cuando todo acabe ya no tendré edad ninguna, ni deseos ni añoranzas. Entonces haré las maletas y me iré.

